DONDE ESTA?

TIMONEANDO SIN TIMON - por Hugo W. Barzola




Aventuras de un velerista del CNBB en nuestro estuario....!!
(Enseñanza que nos dejó)





Ya hemos conocido en otro espacio (www.piratasdelaria.blogspot.com) la existencia del velero Laser 5,60, hoy conocido como OLAFO..., esta historia ocurre en navegación de crucero programada por su propietario original, Hugo W. Barzola, junto a Horacio Ardohain y Fabián Gurrado. La navegación tuvo partida un domingo, que se presentaba magnífico, la marea dio vuelta temprano y el día soleado con vientos leves y buena temperatura, la brisa era como es común del NO, por lo que íbamos en una cómoda popa, eligiendo hacer el recorrido que nos proporcionaba un atajo, ya que deseábamos llegar bien afuera en el canal principal. Para ello elegimos el curso del canal viejo, que ofrece un camino prácticamente directo hasta Pto. Belgrano. Transcurría una placentera navegación, turnándonos en el timón, tomando unos mates y gozando la vida..., es el momento que miro hacia el interior de la cabina y advierto que la misma estaba llena de agua faltando unos 10/15 cm. para llegar a las colchonetas!! Doy la alarma a mis compañeros, cedo el timón a Gurrado y me lanzo al interior para localizar el problema y darle pronta solución. Ni qué decir todos los pensamientos que recorrieron nuestras mentes, por lo general en voz alta ... (tendremos un rumbo, con qué se nos habrá ocasionado si no hemos sentido el impacto ...?) Mientras Ardohain se ocupaba de lo más práctico, comenzar a alijar el contenido con un balde, yo levantaba las colchonetas, abría los tambuchos, comenzando desde proa para verificar si se observaba algún burbujeo o flujo evidente. Después de unos segundos o minutos angustiosos realizando sin éxito estas maniobras, llego a una alacena que tiene el barco (un bajo mesada) con puertas corredizas y al descorrerlas observo un poderoso chorro como de 1" de diámetro con plena presión que era el causante de nuestra inundación. Qué había pasado, muy simple!!, que esa manguera era la que iba enchufada al fondo de la pileta de cocina, en esos momentos se había desconectado, posiblemente debido a un deficiente ajuste de armado en astillero, y que ahora haciendo sifón nos inundaba el barco de agua de mar, habiendo embarcado seguramente unos 100 a 200 lts., tal vez algo más. La solución fue casi inmediata, no hice más que colocarla nuevamente en el lugar de funcionamiento, mientras me alcanzaban un destornillador ajustando la misma adecuadamente. Después fue cosa de seguir recogiendo con baldes y esponjas al final para dejar todo en buenas condiciones!! Habíamos comenzado un buen crucero con magníficos augurios, cuando el destino quiso darnos algún motivo de comentario, el que felizmente habíamos superado.
Así seguimos hasta llegar hasta Baterías, donde elegimos volver para pernoctar buscando fondeadero entrando por el Embudo o el Tres Brazas. En aquel entonces, año 1975/76 nuestra pequeña embarcación representaba una revolucionaria manera de acceder a la vela con esos tipos de embarcaciones, pequeños yates, con las comodidades de una casa rodante en el simil. Pero en cuanto a perfeccionamientos de la navegación como vemos hoy día, nos encontrábamos como en la época de carabelas. Las comunicaciones para un tipo de velero de esos tamaños, existían pero tenían un precio que sólo las grandes embarcaciones lo justificaban, o una abultada cuenta bancaria... Aparte el tamaño, eran (aunque ya transistorizados) muy voluminoso para un velero chico y tenían un consumo superior para ellos. Por lo tanto en cuanto a señales sólo se poseía como aún hoy los elementos pirotécnicos y lógicos para emergencias. Anemómetro a ojo (bien entrenado). Ecosonda.., habían aparecido recientemente algunas, pero con un modo de representación muy primitiva, con decir que el elemento iluminado de señalización era una lamparilla neón, la cual a plena luz se hacía invisible, el precio también era muy costosa para los bolsillos de los navegantes, y como dije poco práctica. Por lo tanto y aunque parezca increíble, en aquel entonces utilizábamos el escandallo!, era una plomada con fondo chato ahuecado, con un cabo de unos diez metros de largo, con marcaciones en forma de nudos a los que se les daba color para que ayudara a representar una especie de metro que permitiera conocer la profundidad. Era una de las tareas de los incipientes grumetes, lanzándola hacia adelante de la marcha del velero, sentir el apoyo del mismo en el fondo y cantar la marca de acuerdo a los nudos, que proporcionaba esa medida. Parece fácil y sencillo, pero es una tarea que había que enseñar concienzudamente a los principiantes y adquirir como en la pesca el sentido para conocer el momento que la plomada se asentaba en el fondo e interpretar adecuadamente las medidas de los nudos, donde por diferencia se obtenía la profundidad. Al que ha leído los libros de Mark Twain (seudónimo de Samuel Langhorne Clemens) justamente el nombre de este escritor está tomado del grito del señalero que llevaban los barcos en el Missisippi (marca dos) refiriéndose a la profundidad en brazas (1,80 m. c/u) del río. No es necesario indicar la importancia que revistaba realizar esta práctica de acuerdo a las necesidades del curso que se realizara, acostumbrados hoy a todas las comodidades electrónicas posibles, con mecanismos de mínimo tamaño, que al llegar a la marca nos señala con algún pi-pi o pequeña sirena. El único infaltable, como desde hace siglos, el compás de mamparo. Con esto quiero darles una panorama de lo que era nuestra forma de navegar, en apariencia en un velero de primera línea para la época, pero que hoy cualquier comparación lo deja descolocado, aunque la nobleza de su construcción y diseño hace que hoy a más de 30 años podamos ver muchos navegando airosos en río o mar. En esos primeros momentos fueron los de más rápida expansión, brindando gran satisfacción a los que pasaron por sus escotas, comenzando luego la lucha de los astilleros para imponer sus diseños hasta aparecer un tiempo después el H 20 que fue el que acaparó el favor de los navegantes por sus prestaciones y buen navegar.
Pero dejemos la digresión para volver a la experiencia que nos dejó aquella simple navegación de crucero.
Cuando nos dirigimos hacia el sur por el canal, habíamos llegado hasta la altura de Baterías, boya 19; uno de los motivos por el cual decidimos volver, era que veíamos que se vino rápidamente desde el S/SE un frente de tormenta. Otra vez de popa, pero esta vez con fuerte viento tras nuestro. El mar se arboló rápidamente en una forma impresionante, suerte pensábamos que estábamos casi en el medio del espacio más amplio que tiene el estuario. Saliendo de las boyas 20/21, hasta la 26 hay un amplísimo espejo, para entonces estábamos recibiendo una onda de olas que avanzaba desde la entrada del mar al sur, nunca habíamos visto olas de 2 m. o + , pero navegábamos adecuadamente, en esos casos los timones trabajan a destajo y muy esforzadamente, reciben tremendas presiones de las olas llegando por la popa del barco y tomando al timón, obligan al timonel a un gran esfuerzo para mantener el rumbo, es cuando se presentan en la embarcación guiñadas que pueden hacer besar el agua con la botavara. Hasta ahí navegábamos en tensión, vigilantes pero en buena forma, todas las miradas hacia el frente. Es entonces cuando oímos gritar a Fabián Gurrado!!, nos damos vuelta con Horacio y lo vemos tironeando desesperado la caña del timón, nos abalanzamos hacia él y lo ayudamos en su esfuerzo. Qué había sucedido?, que los herrajes del timón se habían despegado del espejo de popa. Resulta que los fabricantes seriados de barcos de aquel momento, con la revolución del plástico, se habían creado mitos con respecto a su solidez y resistencia, entonces habían atornillado unos simples tornillos al espejo, sin ser pasantes y estar soportados con un fleje por el otro lado del espejo como corresponde. Entonces tuvimos que sufrir en esas circunstancias la apremiante decisión de tratar de solucionar el mal, probamos varios medios, ajustándolo con unos cabos, que no dieron el resultado esperado, peor, brindaron una aparente solución unos minutos, cuando de repente el último herraje que venía haciendo resistencia en su función (había cuatro) se desprendió y causó que otra vez Fabián Gurrado que seguía al timón, desesperado asido a la caña evitara que el peso y presión del mismo lo arrastrara hacia el agua ... pero ahora totalmente libre. Nuevamente nos lanzamos sobre él para ayudarlo, pero esta vez recogimos el mismo a bordo, llevándolo dentro de la cabina, para evitar su molesta presencia en el cockpit. Y aquí viene lo mejor de todo este relato, la enseñanza. Ojo!! en ese momento nosotros también estábamos aprendiendo, el resolver situaciones límites no tiene por lo general un manual de pocas hojas para averiguar su solución, todo tiene que ser: sangre fría, pensar rápido y evaluar soluciones, "que no cunda el pánico", todo eso pudimos apreciar después. Fue un momento de duda, mirándonos y preguntándonos qué hacemos ..., el asunto por lo menos en el caso de Horacio o mío tenía un principio de solución en teoría por lo menos, timonear con las velas. En aquellos instantes de indecisión fue cuando recuerdo haberle hecho la siguiente observación a mis compañeros, nos encontrábamos en una situación en teoría peligrosa a merced del mar, que estaba furioso, pero ..., yo creo haberles pedido que se sentaran en la bañera y apreciaran lo que yo estaba percibiendo. El barco, nuestro pequeño velero parecía un corcho, flotaba impecablemente sobre las olas más altas que habíamos visto hasta entonces, girábamos a veces pero siempre en línea, con menor escora que en la ceñida. Era una situación extraña, parecíamos seguros, más conservando la tranquilidad y lucidez como hasta entonces, por lo tanto era el momento de poner en práctica lo pensado en teoría. Primero probamos en realizar un timón de emergencia, pero no tenía elementos válidos para ello, un buen y largo remo, algún elemento para aumentar su superficie, nada de eso, lo que improvisamos con el bichero y vaya a saber que otro elemento, por poco corrió el peligro de perderse en el mar. Entonces comenzamos lo que habíamos esbozado como posibilidad, timonear con la velas..., teníamos la mayor con dos manos de rizo y un pequeño foque, siempre en popa. En los primeros momentos los habíamos dejado gualdrapear, cuando intentamos irlos cazando el barco tomó movimiento pero, a poco empezaba a virar en redondo por lo que avanzábamos en círculos, llevados por el viento y la corriente. Como de la mayor no podíamos tocar nada más, nos ocupamos del foque, en todo esto hay que tener en cuenta lo que hemos aprendido sobre la teoría de por qué navega un velero. Desde la bañera intentábamos filando y cazando, comenzar a que el barco siguiera una línea de avance directa y no en círculos, poco a poco fuimos logrando algunos avances, entonces yo me dirigí directamente a proa y me ocupé de ir enrollando el mismo a fin de conseguir el punto de equilibrio y lograr que no pasara la proa sobre la línea de marcha y nos hiciera dar una vuelta completa. El caso es que, prueba y error fuimos consiguiendo ese equilibrio, el barco avanzaba como en una ceñida, haciendo un diente de serrucho pero firme hacia adelante. Todo comenzó a ir bien, a todo esto con la tormenta y la demora en las soluciones, se había atardecido más temprano y la noche pronto nos envolvía. El problema era tratar de llegar a tiempo al club, recordar que era domingo, el lunes había que trabajar religiosamente, aparte de la intranquilidad de alguien en el puerto o en nuestra casa. Pero ..., el destino nos había preparado otras pruebas, aún no estaba satisfecho con las pruebas rendidas, pedía algo más. Y allí estábamos nosotros para enfrentarlas (no teníamos otra, al mal tiempo, buena cara)
Resultó que la navegación sin timón que habíamos pergeñado nos había permitido navegar desde la 21/22 hasta la 26 en una forma aceptable, ya había oscurecido como he dicho, al fondo tal vez a la altura de la 27 se veía movimiento, luces de navegación de embarcaciones se movían en varias direcciones. Recordamos que otro de los motivos de nuestra elección de ruta era que en el canal principal se hallaba trabajando la draga holandesa que realizaba la profundización del canal y movía su material de refulado hacia destinos de la costa, por lo que a veces cruzaban el canal quedando poco paso para las embarcaciones menores, y dejando pasar solamente a los grandes barcos. Por ello había que utilizar los veriles con marea creciente y con el cuidado preciso. Pero eso con buena visibilidad, hay que imaginar que se necesita mucha mayor precaución navegando de noche. Y lo peor de lo peor ... si los efectos de la tormenta que habíamos soportado había conseguido descalabrar todo el sistema de caños de descarga, que se hallaban montados sobre boyones cada 50 m. Estos caños tendrían unos 25 m. de largo y un metro de diámetro, tenían unos acoples para utilizar dos de ellos entre los boyones, el asunto era que la furia del oleaje había desbaratado los acoples y los boyones andaban boyando sobre el canal con enormes brazos de caño. Imaginen entonces el peligro que todo eso representaba, los barquitos de apoyo de la draga se afanaban en recuperarlos, por el riesgo de perderse alguno en el fondo del canal, y para nosotros el peligro de ir a dar contra alguno de ellos con tan reducida maniobra. Fue el momento de tomar otra decisión importante, estábamos por babor frente al Tres Brazas, era el lugar adecuado para buscar protección, primeramente elegimos ir a fondear sobre el veril izquierdo, al cual llegamos pero casi al momento habíamos cambiado de parecer, una vez que un mejor criterio se nos presentó en ese momento. Así que partimos hacia el veril derecho, estaba comenzando a crecer la marea así que buscamos la costa hasta tocar, allí lanzamos nuestro fondeo. La idea que nos resultó perfecta, era que a la mañana comenzaríamos la reparación, instalar tornillos tirafondos que atravesaran el espejo y a falta de un fleje le coloqué unas grandes arandelas cadmiadas que tenía en ferretería de a bordo. Tengo que decir que siempre conté en la dotación del barco con un surtido de elementos de reparación, que muchos consideraban superflua y poco práctica para el peso de la misma en regata, pero yo tenía mi propio código de supervivencia que en esos momentos me dio la razón. Es más en aquella época no existían las herramientas que vemos hoy día, todas con baterías recargable, en mi caso tenía en mi caja de herramientas un berbiqui manual, era un pequeño taladro. esos con una rueda y su manija que permitían agujerear perfectamente con una buena mecha. El nos permitió realizar la tarea como estaba programada, con lo que la reparación quedó como se dice, mejor que nueva. Para entonces habíamos tenido un amanecer espectacular, luminoso, soleado a pleno sin una nube, como corresponde después de una buena tormenta. La marea empezó a llegarnos y para media mañana estábamos a flote lo que nos permitió salir nuevamente a navegar, sortear sin problemas los escollos del canal, en el cual seguían trabajando para ponerlo en orden. Otra vez como a la partida se nos presentó una navegación en extremo placentera, haciéndonos rememorar entre mate y mate las peripecias sufridas en tan poco tiempo, de lo cual pudimos sacar en conclusión, nunca es conveniente abandonar el barco, es el último recurso según las circunstancias. No había sucedido aun la tragedia de la Fastnet, donde los análisis posteriores indicaron como un gran error para quienes prefirieron en emergencia, hacerlo. Creo que ha sido para mi propia experiencia una buena fuente de idem al igual que para el resto de mis tripulantes, lo que se me ocurre ahora es su difusión, que hay una buena camada de nuevos navegantes, que vayan animados a la misma, seguro que les ofrecerá grandes satisfacciones, que no todos pueden acceder a la misma. Pero eso sí, todas estas lecturas deben ser depositadas en nuestra mente como alerta para tener en cuenta, o sea estar preparados con la mayor experiencia virtual posible, que luego podrán poner en práctica si alguna vez fuera necesario. Que les aproveche y un gran saludo a todos.
Hugo W. Barzola
Piloto de Yate - Prom. 14 de 1974
CNBB - Bahía Blanca
www.hwbarzola@yahoo.com.ar

¿QUÉ PUERTO ES ESTE?

Ayudita: es 1920 ...
Acertijo de don Groncheto
Dejá tu respuesta como comentario al pie

PUERTO DE OLIVOS EN 1923

DEL ARCON DE DON GRONCHETO




Plano del puerto de Olivos en 1923

EL SENTA V

DEL ARCON DE DON GRONCHETO





El SentaV hoy se encuentra abandonado en el jardìn delantero del Club Tribunales (o del Avellaneda, siempre me confundo)


LOS INDIOS DEL YCA

DEL ARCON DE DON GRONCHETO





Los West Solent Ona, Yagan y Querandì en 1927 aprox.

EL LAINAKEA Y EL MAR - por Alita Wexler


La primera vez que fui a Mar del Plata por el agua fue en una lancha off shore. Una experiencia extraordinaria que deseo tanto a humeantes como a traperos. No conocía entonces el arte de navegar, sólo el placer de hacerlo. Mi función en la lancha era sólo disfrutar. La Giulietta era una Mediterranean de 40 pies, andariega y audaz, que me había hospedado reiteradamente en cruceros a Colonia y a Martín García y esta vez me llevaba rugiendo y cortando olas hacia el sur en mi primera navegación realmente marítima. Hicimos dos etapas, la primera hasta San Clemente, en alrededor de tres horas y media, donde hicimos noche y cenamos la corvina negra más grande y más rica de la que mis sentidos tienen memoria. La segunda etapa fue hasta Mar del Plata, adonde llegamos en otras 3 horas y media (todos los datos deberán ser tomados con pinzas porque han pasado más de diez años y recuerdo mejor el sabor de la corvina que los tiempos exactos de navegación). Cerca de Mar del Plata nos encontramos con Pedro, solitario en su velero, que estaba encalmado desde hacía doce horas y no podía entrar. Le acercamos un bidoncito de nafta que llevaba la gasolera Giulietta a la sazón, y así pudo llenar su fuera de borda y finalmente entrar a Mar del Plata a motor. En el puerto de Mar del Plata, amarramos en una marina y el primer marplatense que nos vino a recibir fue Tito Rozán, capitán del Cartagena, que me secuestró literalmente de las tareas marineras viendo mi evidente inutilidad para hacerlas, y me agasajó en su Dorado con rabas a la romana y vino blanco.

La segunda vez que entré a Mar del Plata por entre las escolleras del puerto, fue en un velero de acero de 35 pies. Seguía todavía sin conocer el arte pero continuaba disfrutando los placeres de la navegación. Mi función en el Anita C ya no era sólo disfrutar. Tenía asignada la delicada misión de musicalizar el transcurrir de las millas y tenía destinada la fabulosa visión de las noctilucas y los delfines. Tardamos no sé cuánto en llegar porque el calmón hizo nido en la bahía y el fuera de borda de 3 ó 4 caballos apenas se las arreglaba para hacer avanzar la mole de metal. El asombro y la fascinación de esta navegación fuera de la vista de la costa en noches de fosforescencias y rumores de sal me acompaña desde hace diez años y me hace desear recrearla una vez y otra vez y otra vez más. En el puerto de Mar del Plata, nos esperaba Tito Rozán.

La tercera vez que Mar del Plata me vio llegar surcando sus aguas fue este verano cuando cumplí mi sueño de llevar a su puerto a mi velero Alcyon. Fui en regata, la Buenos Aires-Mar del Plata, que se corre en dobles, así que mi función en el barco fue total. Como total fue el placer de navegar. No voy a repetir aquí el relato de esta regata (http://recaladanautica.blogspot.com/2009/04/regata-bsas-mdp.html), sólo diré que llevaré por siempre esa luna recostada en mi hombro y resonando en mis oídos el rumor de la espuma salada encendida de noctilucas. Ya en el puerto de Mar del Plata, me esperaba Tito Rozán para dar una vuelta por afuera de las escolleras en el Cartagena.

El Lainakea es un ketch de 44 pies de acero de noble origen y fina estampa. Bajo el mando sereno pero firme de su capitán Jorge Gonzalez y tripulado por Gustavo del Destino, Fabio del Don Franco y esta soñadora del Alcyon, el Lainakea fue el protagonista indiscutido de mi cuarta travesía a Mar del Plata. Este intervalo que me alejó por unos días de  mi trabajo, de mi rutina, de mi stress. Este intervalo que me llevó una vez más a atravesar la bahía iluminada sólo por las noctilucas en noches sin luna. Este intervalo en el que acudí nuevamente al inevitable llamado del mar. Porque el Beto Cella tuvo razón: una vez que se navega en aguas saladas ya no se puede evitar volver. La espuma y el sonido sibilante del agua contra las amuras es adictivo e invasor, se mete en las pupilas, en los oídos, en la garganta y en los sueños. Es un anhelo, casi una angustia. Y un temor.

Esperamos una ventana de tiempo que nos permitiera navegar sin vientos fuertes de nariz, entre frente y frente, y salimos el lunes tempranito fallando por culpa de la bajante dos intentos de pasar los 2,10m de calado por el ex canal costanero y dando finalmente la vuelta por el delta para salir por el Mitre. La navegación fue serena en todo momento. Mucha calma obligó a ir a motor durante una singladura. Pero ya doblando la Punta Rasa, una hermosa brisa del Sudeste nos acompañó llevando al Lainakea con todo su velamen desplegado, de un solo borde hasta destino. La siesta del miércoles nos vio entrar a vela al puerto de Mar del Plata, dejando lejos a babor la escollera Sur y pegándonos a la Norte para evitar el banco, en una impecable maniobra del capitán. El YCA en cortesía nos recibió en su marina con su habitual hospitalidad.

La nave va sola con el piloto automático. Perfectamente equilibrada. Elegantemente serena. Como una reina. Como una diosa del mar.

Es un placer navegarla. Es una seguridad tripularla. Es una comodidad habitarla.

La tripulación fue un excelente encuentro entre tres desconocidos solamente vinculados por Jorge, funcionando como compañeros de siempre porque tenemos algo esencial en común: navegar.

La gastronomía tuvo un lugar principal en esta travesía. Al capitán González le encanta cocinar! Comimos como príncipes en un banquete real.

Y la risa fue el invitado de honor. El frondoso anecdotario de disparates que desgranaron por turno Jorge y Fabio pobló de carcajadas el silencio de las singladuras y creó un clima de camaradería y distensión.

Ya en Mar del Plata, lluvia y frío. Música y charla. Algunos vinos. La visita a Clara que nos mostró en imágenes la impresionante historia marina del Lainakea. Y los mates abordo con el infaltable Tito Rozán.


LOS 39 BRAMADORES - por Hugo W. Barzola


HISTORIA DE UNA MALOGRADA NAVEGACIÓN OCEÁNICA ...


Este relato y su realidad es conocido por alguno de los veteranos navegantes del Club Náutico Bahía Blanca (CNBB), hoy ya pasados los años de resguardo para que sean historia y con el debido respeto a las personas que no están y al resto que aun están, me permito este relato que puede servir a las nuevas generaciones de navegantes a ubicar mejor el medio en que nos movemos.

Con mucho entusiasmo un grupo nos habíamos reunido en la convocatoria que había realizado nuestro colega Roberto Fernández, dueño de una hermosa y reciente adquisición, un velero diseño de Frers, clase Paquita de 26’ de madera laminada.

Si bien se trataba de velero construido para una de las fórmulas de regata de moda en aquel momento, tenía alguna comodidad de crucero que lo hacía interesante para los que le agradara esta modalidad. En aquella época se había entablado una feroz competencia entre los pocos barcos que tenía el plantel de los cabinados en el club, es así que los nuevos adquirentes de embarcaciones en lo primero que se fijaban era en su performance de regata.

El motivo era poder hacer una viaje hasta Monte Hermoso; todos conocen la geografía de la zona, inmediatamente salidos de nuestro estuario al doblar la Punta Tejada hacia el Este, se enfrenta el Océano Atlántico que golpea las costas del sur de la pcia. de Buenos Aires, primero aparece el balneario de Pehuen-co y una millas más allá aparece Monte Hermoso.

Es una corta singladura, pero para nuestro ámbito significaba y más aun enfrentando al océano una navegación con la cual siempre soñábamos. Había algunos antecedentes pero casi todos habían tenido mala suerte con el tiempo, si bien algunos habían alcanzado su objetivo, por lo general no habían podido sostener el fondeo, como para gozar la playa que era algo de lo pretendido.

Hay que tener en cuenta que Bahía Blanca se halla en los 39º y pico de latitud con real cercanía a los famosos 40º (Bramadores) y por lo tanto agraciada (ó desgraciadamente) por intensos vientos, más intensos que unos pocos kilómetros más al norte.

En nuestro caso se había ubicado un estratégico fin de semana que prometía por el tiempo reinante; se ubicó la partida para el día viernes a la tarde para arribar temprano a Monte, allí para las 10/11 de la mañana alguien se acercaría en una lancha y nos llevaría a tierra.

Preparados como dije, partimos ese viernes por la tarde, la tripulación estaba formada por su propietario Roberto Fernández, N. Varela, Horacio Ardohain, Hugo Carbonelli , tal vez alguien más que no recuerdo (me disculpo) y yo, Hugo W. Barzola.

Esa navegación al caer la tarde con un clima ideal, con nuestro clásico viento del N/Noroeste, muy en popa/aleta, fue una estampa para recordar..., la mayoría de los muchachos había rendido hacía poco el examen de Patrón de Yate a Vela (año 1981/2 dictado por el suscripto) y aprovechamos para repasar con alegría los conocimientos teóricos aprendidos y llevándolos a la práctica, primero con alguna visibilidad y luego sin ella al anochecer con la correspondiente a una verdadera navegación nocturna, reconociendo boyas, su período de destello, nuestro posicionamiento, etc.

Fue esa una maravillosa experiencia para todos, se establecieron turnos de guardias, aunque en honor a la verdad creo que la mayoría distendió su metabolismo o necesidad humana de sueño, para poder apreciar totalmente esa hermosa navegación, lo único que faltaba era que hubiera sido una navegación de plenilunio. Lo que alcanzo a recordar que aun así la noche era muy luminosa con gran limpidez de atmósfera y el brillo de millones de estrellas.

A la altura de la boya 7 del canal principal decidimos virar al Este hacia nuestro objetivo, a la madrugada pudimos observar Pehuen-co, y a eso de los 8,30 de la mañana estábamos llegando a Monte Hermoso. Había un buen sol, viento medio, y si bien la rompiente de la costa se hacía notar en unas tres ondas, a unos 200/300 m. fondeamos tranquilos y nos dispusimos a tomar nuestro desayuno, quedando a la espera de nuestros visitantes.

Fueron unas pocas horas relajadas y felices por lo que hasta ahí habíamos vivido. Así que ese tiempo de relax y comentarios, pasados un par de horas se comenzó a preparar una abundante picada con la cual esperábamos agasajar a la visita. Por lo que recuerdo, era aún una época en la cual los equipos de comunicaciones vhf no se habían popularizado, tal vez debido a su alto costo, porque sí reconozco que ya habían aparecido los equipos de procedencia japonesa que habían abaratado mucho el valor de los mismos, pero todo era dólares y se hacía oneroso para el bolsillo medio.

Digo esto porque no teníamos comunicación de ningún tipo, ni aun con Prefectura, como debe ser hoy día, por lo que no teníamos ni comunicación con la supuesta visita, (no recuerdo quiénes eran) que con alguna lancha se acercaría a visitarnos. La verdad que no vimos ningún movimiento de ese tipo en la playa.

Estábamos entonces en esa espera, cuando de improviso vimos acercarse rápidamente del Oeste una bruma que se resolvió en un furibundo frente de viento ya que no se trataba del clásico Pampero, con viento y lluvia asociada. Esto era un viento arrachado que fue aumentando su fuerza a un nivel que calculamos a ojo en 80 km. con ráfagas tal vez aún mayores...

Ni que hablar del estado de mar que se desarrolló, no había pasado media hora, serían las 11 de la mañana, recuerdo que algunos habíamos comenzado a picar por nuestra cuenta, ya que la visita no se hacía presente.

De resultas de todo este ambiente al poco tiempo el estado de nuestro fondeo se hacía insostenible, para mejor algunos de los tripulantes comenzaron a sentir el efecto de tanto movimiento, parecíamos que estábamos en la lavadora.

En mi caso prevenido, me fui a la cabina y me cambié adecuadamente con mi traje de agua, toalla enrollada al cuello, como se estilaba, o sea preparado para toda contingencia de duras condiciones de navegación (mojaduras). Les quiero aclarar que era a comienzos del verano, en una situación de muy buena temperatura, nada que ver con abrigos...

De resultas de la conmoción que había causado tal estado de cosas, cuando empezamos a reaccionar, en cubierta quedamos solamente Horacio y yo, quiero agregar en un estado intermedio a Varela el cual, como pude apreciar en otras situaciones, tenía la características que no sufría el mareo si alcanzaba a tomar algo de aire fresco, por lo tanto él se mantenía asomado desde cabina al cockpit y podía asistirnos en materias de datos de carta, bebidas, o sea cubría su debilidad con muy buena voluntad y servía de buena ayuda.

La primera medida que tomamos al ver que era una tormenta de viento y que a lo mejor se trataba de algo pasajero, fue tratar de ir a fondea mar adentro, por lo menos a media o una milla de la costa, donde por lo general el mar se arbola pero en una forma más regular, pues donde estábamos era un hervidero.

Eso hicimos, otra oportunidad de probar el barco en diferentes condiciones, a las ideales y muy tranquilas de nuestra ida, a estas que eran radicalmente diferentes. Llegados aproximadamente al lugar propuesto visualizábamos que hasta donde podíamos ver el mar se presentaba en igual forma, resultado que consensuado con Horacio y Guillermo, apreciábamos que no nos quedaba otra alternativa que tomar el camino de vuelta.

La hipótesis de fondear a la espera de una mejora del tiempo nos parecía inútil, para esto ya había pasado una hora y media de temporal y pasado el mediodía, a lo lejos advertíamos que la playa se había despoblado al llegar ese viento. Una verdadera pena pero... “al mar hay que tomarlo como se nos ofrece”.

No voy a negar que la navegación fuera de las mejores pero..., ese gusto a la navegación marítima en lo íntimo nos llenaba de satisfacción, el barco se desempeñaba maravillosamente surcando el mar velozmente, creo que acertadamente equilibrado vélicamente, el mismo nos daba verdaderamente satisfacción al timonearlo en esas condiciones y ver su performance.

La navegación se daba de ceñída no demasiado cerrada, por lo que el velero tenía buena velocidad y equilibrio.

Al principio había tomado el timón Horacio y yo me encargué de las piolas, luego alternamos alguna vez. Pasamos Pehuen-co..., como dije marchábamos en plena tormenta de viento, el mar nos salpicaba tupido pues el barco pese a que cortaba las olas con velocidad, algunas veces nos encontrábamos enfrentados con algunas que nos bañaban de un agua que no estaba al principio fría pero que al tiempo se hizo sentir por efecto de la mojadura y el viento.

Llegamos así al punto donde teníamos la posibilidad de elegir, entre cortar camino por un camino boyado auxiliar del canal principal o llegar hasta este varias millas más adelante para allí enganchar con la cadena de boyas que señala la entrada principal al canal de la Bahía.

Aparte de todo lo comentado, para quien quiera apreciar este relato como enseñanza, pongan atención a lo que ahora sigue en el relato....

Fue entonces que decidimos con Horacio tratar de cortar camino, la consulta con nuestro navegador indicaba que en la carta figuraba buena profundidad en ese canal... Con referencia a esto hay que tener mucho cuidado en conocer la actualidad de los mismos, pues pueden embancarse y si uno no tiene una carta actualizada y algo más (suerte), puede haber cambios en las profundidades.

La verdad es que todo esto lo teníamos muy claro, en especial yo que algo había conocido por haber navegado en algún remolcador y las charlas con entendido en el área.

Entonces enfrentamos el nuevo rumbo virando hacia estribor y abriendo las escotas, por lo que velocidad no nos faltaba pero.... Pero “mejor no acordarse” sabe decirse como cliché pero..., ahora quiero recordarlo para Uds..

Como dije las condiciones náuticas no eran en sí tan dramáticas, muy fuerte el viento eso sí, pero el barco que maravillosamente surcaba las olas, al poco tiempo de marchar, teniendo al través por babor al banco que divide la entrada y por estribor al fondo divisábamos la Punta Tejada, cuando se nos presenta una especie de ola tendida que nos acoge en su seno, el barco parecía irse por ojo, con Horacio sólo nos miramos, creo que cada uno debe haber implorado según sus creencias algún pedido de salvaguarda....

El Paquita tenía una eslora de 8.00 m. , calando 1,40/1.50 al menos, el panorama era que veíamos que nos íbamos en esa profundidad teniendo a la vista el monte de la siguiente ola, esto es un período bastante corto, en el pleno mar esas olas se distancias en mayores distancias, 50-100-200 m.

Varios pensamientos corrieron por mi mente, luego corroborados con mi acompañante, que él había pensado lo mismo, hasta donde íbamos, y luego si seguíamos la pendiente natural de ascenso a la siguiente ola, ... si no llegaríamos a tocar con nuestro quillote en el fondo...!!

Todo esto creo que es más lento leerlo que padecerlo, pues los tiempos de los hechos a veces son mucho más rápidos, la verdad que sí, comenzamos a levantar la proa sin sentir lo que nuestro raciocinio estábamos rogando que no ocurriese.

Este efecto lo tuvimos que padecer tal vez media docena de veces, vimos incluso pasar un boyas nuevas de color amarillo que habían utilizado para la buena marcación del sitio.

Al final terminó ese suplicio al fondo, a cierta distancia empezamos a apreciar el boyado del canal principal, creo que no debemos haber respirado hasta no tenerlas al lado nuestro...

Lo que pasa allí es que la presencia de los numerosos bancos de arena, protagónicos de toda nuestra zona, al estar ese canal encajonado forma ese tipo de mareaje u oleaje muy acentuado y peligroso, aún para barcos de gran eslora, en la carta figura como auxiliar o secundario, claro, pero para utilizarlo con el mar tranquilo, tengo que agregar.

Justamente antes de la entrada al canal auxiliar, figura una zona como fondeadero para los barcos que vienen de ultramar y tiene que esperar sitio en el Puerto local. De ello pudiera referir una anécdota que me tocó como protagonista esta vez como Buzo profesional, sobre un barco de 160 m. de eslora que tuvo que batallar contra un temporal similar, tuvo garreo de anclaje y golpeó ferozmente contra esos bancos de arena dura que hemos mencionado. Será otro capítulo....

Fue entonces que, tal vez más distendido, (porque antes no lo había apreciado), yo escucho como un tabletear..., tal vez fuera una de esas ametralladoras que usan por allí, imaginen que estábamos dejando por estribor la playa más al sur de la Infantería de Marina.

Noo...,! lo que pasaba es que Horacio, que venía tan callado como yo hasta ese momento, tal vez con su boca tan cerrado por lo fruncido de la situación y otra porque la mojadura lo había afectado, aguantándose por el momento hasta que el peligro fue pasando y resultado que él no se había arropado adecuadamente, venía de remera y camperita y con la mojadura el viento lo refrescó por debajo de la temperatura reinante, tenía los diente castañeteando en una forma increíble....

Inmediatamente le pedí que se fuera a la cabina, le recomendé a Varela que le preparara algo caliente y que tomara una aspirina, el mismo colaboró eficazmente brindándole una chocolatada y dándole abrigo y toallas para secarse.

Me tocó a mí hacerme cargo del timón del cual no me desprendí hasta Puerto Belgrano que era el destino alternativo que habíamos elegido, pues por nuestros cálculos, llegar al club a tiempo era imposible.

Y que más pasó...? Que Dios se apiadó de nosotros y dijo como prueba es bastante por hoy..., creo que dos o tres boyas mas adelante el viento empezó a calmarse, aunque parezca increíble en media hora el panorama cambió en tal forma, que lo pasado...pasaba a ser este recuerdo.

Pudimos observar un crepúsculo de aquellos, con bastante anticipación para que nos dejara entrar en la base, saludar a Control Puerto e ir a abarloarnos al “Austral”, que por un buen tiempo fue nuestro compañero de fondeo cuando llegábamos a Pto. Belgrano, cuestión de afinidad que le dicen.

Allí pasamos una buena y corta estadía, aún estaba el Club en condiciones con su sauna, que tanto apreciábamos y que creo que usamos también ese día, luego de un buen descanso a la mañana siguiente partimos con la marea y llegamos felizmente al club.

Todo lo pasado es esta anécdota, pero el destino quiso que hubiera otra para contar y que haré en un nuevo relato, este no tuvo el final feliz de la nuestra y uno de sus actores, Roberto Fernández, dueño del Paquita, hoy estará navegando anticipado en el infinito realizando la singladura más larga que a todos, algún día nos tocará.


Bahía Blanca, septiembre 1 de 2008

Hugo W. Barzola

Piloto de Yate-Prom.14-1974-

CNBB-Bahía Blanca

hwbarzola@yahoo.com.ar


N.A.: La foto no corresponde a nuestro caso, fue obtenida de un archivo de Google para mostrar el tipo de barco.


UN BUQUE DESGRACIADO

Carta dirigida a la Compañía de Seguros por el capitán de un buque extraordinariamente desgraciado

Aporte de Guillermo Senders

Muy Sr. mío:

Escribo esta carta a Vd. con pena y premura. Pena porque cierta incomprensión haya originado los hechos que relato, y premura para que Vd. pueda recibir esta carta antes de que se forme opiniones preconcebidas, derivadas de las noticias de la prensa mundial, pues estoy seguro de que ésta tenderá a sobredramatizar el asunto.

Acababa de embarcar el Práctico, por lo que el Alumno de Náutica volvía de cambiar la bandera G por la H y, siendo su primer viaje, tenía ciertas dificultades en enrollar la bandera G. Por lo tanto, procedí a enseñarle. Al haber finalizado, le dije «Let go» (márchate).

El caballerete, aunque voluntarioso, no es muy listo, y necesitó que le repitiera la orden en alta voz.

En este momento el Primer Oficial salía de la Derrota, donde había marcado en la carta la situación del barco, y, pensando que mi orden se refería a las anclas, repitió por megafonía «Let go!» al Segundo Oficial que estaba en el castillo de proa. El ancla de babor, que había sido preparada pero no apeada, fue fondeada rápidamente. El efecto de fondear el ancla desde el escobén mientras el barco navegaba toda avante a régimen de maniobra, fue excesivo para la acción del freno del molinete y toda la cadena de babor salió largada por el escobén. Me temo que los daños en la caja de cadenas puedan ser considerables.

El efecto de frenado del ancla de babor, naturalmente provocó que mi buque girase bruscamente en esa dirección, derecho hacia un puente giratorio que sobrevuela un tributario del río cuyo curso íbamos remontando.

El operador del puente giratorio demostró gran presencia de ánimo, abriendo el puente para que pasara mi barco. Desgraciadamente, no se acordó de parar el tráfico rodado, siendo el resultado que el puente se abrió parcialmente, depositando un Volkswagen, dos ciclistas y un remolque con un trailer para ganado en mi castillo de proa.

Mi tripulación está ahora reconociendo el contenido del trailer que, por el sonido, yo diría que son cerdos. En sus esfuerzos por parar la arrancada del barco, el Segundo Oficial fondeó el ancla de estribor; demasiado tarde para ser de uso práctico, ya que cayó sobre la cabina de control del operador del puente giratorio.

Después de haber sido fondeada el ancla de babor y el barco caer a esa banda rápidamente, marqué «Atrás toda», repicando el telégrafo de máquinas dos veces para ordenar las máximas revoluciones atrás.

Me informaron de la Sala de Máquinas que la temperatura del agua era de treinta y dos grados y me preguntaron si es que estaba loco o qué. Mi respuesta no añade nada constructivo a este informe.

Hasta ahora he limitado mi informe a las actividades del extremo proel del barco. A popa estaban teniendo sus propios problemas.

En el momento de ser fondeada el ancla de babor, el Tercer Oficial estaba supervisando la maniobra de amarre del cabo de remolque del remolcador de popa, y lo estaba arriando a la cubierta el remolcador.

El efecto súbito de frenada del ancla de babor causó que el remolcador se metiera debajo del escudo de popa, justo en el momento en que yo repicaba en el telégrafo de máquinas «Atrás toda» y la hélice cumplía la orden. La pronta acción del Tercer Oficial, que ya había hecho firme el remolque a bordo, demoró el hundimiento del remolcador por algunos minutos, permitiendo por tanto que la tripulación lo abandonase con seguridad.

Es raro, pero en el preciso momento de fondear el ancla de babor, hubo un corte de electricidad en tierra. El hecho de que estuviéramos cruzando en ese momento una «zona de cables submarinos» marcada en la carta, puede sugerir que quizá podríamos haber tocado algo en el lecho del río. Desde luego es una suerte que los cables de alta tensión derribados por el palo de proa no tuvieran tensión eléctrica, posiblemente por haber sido reemplazados por los cables submarinos, pero debido al oscurecimiento total de tierra no sabemos dónde cayó la torre.

Nunca dejan de extrañarme las acciones y el comportamiento de los extranjeros durante los momentos de pequeñas crisis. El Práctico, por ejemplo, está en este momento arrinconado en un rincón de mi despacho, alternativamente acusándose y llorando después de haber ingerido una botella de ginebra en un tiempo que es digno de figurar en el «Guinness book of records».

El Patrón del remolcador, por otro lado, reaccionó violentamente y hubo de ser reducido por la fuerza por el mayordomo, que lo ha encerrado esposado en el hospital de a bordo, donde está diciendo que hará cosas imposibles con mi persona y con mi barco.

Incluyo los nombres y direcciones de los conductores y de las compañías de seguros de los vehículos, que el Segundo Oficial tomó después de evacuar precipitadamente el castillo de proa.

Estos datos le permitirán a Vd. reclamar los daños que ellos causaron al barandillado y barraganetes en la zona de la bodega del 1.

Cierro este informe preliminar porque encuentro muy difícil concentrarme con el sonido de las sirenas de la Policía y con sus luces de destellos.

Es triste pensar que si el Alumno de Náutica se hubiera dado cuenta de que de noche no es necesario enarbolar la bandera de Práctico, nada de esto hubiera sucedido.

Atentamente. Londres,15 de enero de 1957

EL CAPITAN


EL ULTIMO KAWESQAR por Ricardo E. Ortiz Barria



Homenaje a Alberto Achacaz Walakial (1929 -2008)

El Ultimo Navegante Kawesqar

En el Primer Aniversario de su Partida


VIAJE AL CIELO DE LOS CANALES


por Ricardo E. Ortiz Barría
 


Publicado en el diario chileno El Divisadero

Viernes 8 de Agosto del 2008



... a los 79 años de edad, emprendió el viaje final hacia el cielo de los canales, el artesano kawesqar Alberto Achacaz Walakial, uno de los últimos hablantes de dicha lengua.
Escribir acerca de quien era uno de los últimos representantes de los denominados canoeros australes, aquellos nómadas navegantes que durante siglos, surcaron los canales entre la isla de Wellington y la zona de Punta Arenas, llegando hasta desembocadura del Río Baker y el lado sur de la Península de Taitao en nuestra región de Aisén y su pueblo, no es fácil, por ello, compartiremos con ustedes algunos fragmentos del libro testimonio del periodista e investigador magallánico Carlos Vega Delgado “Cuando el cielo se oscurece” (Samán Arkachoè), Historia de Vida, testimonio alacalufe de Alberto Achacaz Walakial. Punta Arenas 1995. En el, este navegante pescador y artesano, relata como eran la vida y las costumbres de su pueblo “Los kawésqar, hombres y mujeres sabíamos nadar (lales). Los niños también aprendían. Se comenzaba en la orilla del mar, de a poco, avanzando hasta llegar a lo profundo. Nadábamos moviendo los brazos hacia delante y los pies hacia los costados. Las mujeres también lo hacían así. Ellas aprendían a bucear (skoi). Se tiraban al agua como buzo-ranas. Se sumergían pataleando. Se tiraban desnudas (tayeskas) y después cuando salían, se ponían la ropa. No se enfermaban. No sé qué es lo que tenían. No les venía resfrío, nada. A veces se tiraban al agua con el tiempo nevando y escarchando. Claro, entonces había mariscos (...)”.
 Drásticos y definitivos fueron los cambios de su hábitat y el progresivo desaparecimiento de su gente, a los que dolorosamente debió asistir durante el siglo XX uno de los últimos kawesqar puros. Nacido en Puerto Edén en 1929 (según su acta de nacimiento) se dice que Walakial, porque ese era su nombre originario, tenía se dice, cerca de 90 años. Obligado por razones de sobre vivencia, debió emigrar a hace ya 25 años, a la ciudad de Punta Arenas junto a su compañera Margarita Auxiliadora Edén Molinari, mujer de la misma etnia originaria, que falleciera también en la misma ciudad en 1999. 
Desde muy joven, Alberto Achacaz debió triste, callada y dolorosamente asumir que ya no saldría en su hallef (canoa) a cazar y a mariscar que sus ropas confeccionadas de cuero de lobo marino serían desechadas, que el uso de la grasa de foca o lobo, que era la forma única y natural para impermeabilizar el cuerpo que su gente venia utilizando por milenios para proteger sus cuerpos del helado y lluvioso clima había sido “prohibida”. Así fue como a comienzos de los años 80 junto a su Margarita, inevitablemente, debió enfrentar un nuevo y muchas veces hostil cambio en sus vidas. La vulnerabilidad social y el abandono de parte de las autoridades a que ambos estuvieron expuestos, debe llamar aunque ya es demasiado tarde, a una seria y profunda reflexión. Ya están casi totalmente extinguidos, estos verdaderos resguardadores de nuestra memoria ancestral, que muy poco o nada hemos sabido reconocer y valorar. Varias veces se hizo público, el estado de abandono en que vivieron, las serias dificultades de adaptación a la urbe que debieron enfrentar, pero nunca fueron tratados con la sensibilidad social que requerían, ellos eran seres distintos, y manifestaban sus emociones no con la palabra sino con la expresión triste y desesperanzada de sus rostros, era en ellos en donde se veían clara y constantemente reflejados, sus sordos y desgarrados clamores. En reiteradas ocasiones, su desamparo fue noticia y prestamente, hay que decirlo, las autoridades de turno, aparecían prestas y diligentes, diagnosticando inequívocamente y con gran certeza que “ellos no están en estado de extrema pobreza, su real condición es de abandono y vamos a implementar todos las medidas del caso”…luego…, al fugarse micrófonos, cámaras, grabadoras o plumas comprometedoras, de nuevo el olvido, el silencio y la indiferencia; en tanto nosotros, los “civilizados, progresistas y globalizados”, seguimos sin ser capaces de reaccionar, asistiendo una vez más como fríos e insensibles espectadores, a un verdadero “asesinato” ancestral.
Nos será difícil el no seguirlos recordando, ella trashumante, sin renunciar a su genética y ancestral condición de recolectora, recorriendo con sus canoas en miniatura de cuero de lobo marino y sus canastillos de junquillo las calles y él, en la plaza de Punta Arenas, ofreciendo sus artesanías, elementos todos, fabricados con técnicas heredadas de sus antepasados. Y más importante que eso, verlos hablar y comunicarse en lo que era uno de sus más preciados tesoros, su lengua kawesqar, especialmente su Margarita una de las pocas hablantes, quien hasta su muerte, mantuvo y difundió las costumbres y tradiciones de su pueblo.
Con la partida del último kawesqar puro, ha desparecido uno de aquellos irrecuperables eslabones, que nos unían con la memoria ancestral de la única etnia originaria de nuestro extremo austral, que por su condición de nómadas navegantes, logró relacionarse con los yámanas, los selknam y más al norte con los chonos.
Alberto Achacaz Walakial se ha ido, cerró sus ojos para siempre ..., ha emprendido el viaje final al reencuentro con su Margarita, para juntos, iniciar el camino hacia el paraíso del Xolas, en el límpido, diáfano y puro cielo de los canales.


EL ESPIGON


Por Ricardo Cufré

Puerto de contrastes -a juzgar por las imágenes-, el de Olivos siempre me sorprende. Que la sudestada, que la bajante. Es un puerto bipolar... y tiene lo suyo.




EL ESPIGON

(Unico cuento más corto que su epílogo)


Corría marzo del 51. En ese anfiteatro al revés que es la cabeza del espigón de Olivos, una pareja de jóvenes casados estaba sentada.

Frente a ellos y a pocos metros, un velerito de madera llamado SADKO salía a navegar por el estrecho canal.

Seguramente ella lo miró algo sonrojada cuando dijo por primera vez en su vida la frase que se las cambiaría para siempre: Estoy embarazada Carlos.

¿El la abrazó? ¿Lloraron de alegría? ¿Cenaron afuera esa noche? Aunque estaba con ellos, ignoro esos detalles y es tarde para averiguarlo.

En ese inmutable espigón, mediatriz de sudestadas ariscas y bajantes de siesta, mi designado padre supo que yo asomaba mi arboladura por el íntimo horizonte de Angélica, navegando con viento franco y suave hacia ellos.


EPILOGO

Muchas veces he regresado a esas gradas de roca. Sé que me senté o caminé por la misma que escuchó a mi madre, pues ex profeso las he recorrido todas. Conocer con precisión casi centimétrica en qué lugar del universo fui mencionado por primera vez me ha amarrado de por vida a este puerto, al que retorno cíclicamente, a veces acompañado del amor.

Aún regreso al extremo romo del espigón con necesidad y miedo de hallarme. Recorro el angosto y largo camino acariciando la misma barandilla de suaves caños, pulidos también por mis manos y que hasta hace un rato apenas, miraba desde abajo y me trepaba, inscripto en el abrazo protector.

Retorno de tanto en tanto sabiendo que cuando encuentre la roca exacta, será la última vez que me busque. Habré hallado mi respuesta, sabré quién fui y ya sólo será cuestión de esperar la última sudestada. O la última bajante.