DONDE ESTA?

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PENSAMIENTOS TIPICOS DE UN DOMINGO SIN BARCO

Por Gustavo Agra

Siempre insisto en que soy de origen crucerista, me gustan las navegaciones largas que obligan a vivir abordo mientras se avanza hacia el puerto de destino y brindar por el éxito del arribo a puerto pero con esa sensación extraña que se siente al finalizar un buen juego.

Corro regatas porque me gusta sacarle el máximo provecho posible al barco y disfruto sobremanera el aceitado trabajo en equipo de la tripulación que cuando crucereo trato de aplicar para lograr una mejor y más segura navegación.

Cada vez que subo a un barco que no conozco (últimamente nuevos barcos de amigos ya que hace años no navego con gente nueva) me dedico a recorrer la maniobra, reconozco la posición del equipo y compruebo que las cosas funcionen correctamente y si no lo hacen aprendo las mañas necesarias, en fin...me pongo la camiseta de tripulante, me hago parte de la cosa.

Cuando cae el sol la costubre es siempre la misma en todos los barcos que navego: El que sale de la cabina debe tener el arnés puesto. No importa el estado del tiempo, el gancho debe estar puesto.

Ponele que estamos navegando en una noche cálida, el cielo está despejado y sin luna, el viento sopla suave por el través y el barco fila poco más de cuatro nudos, la tripulación ronca descaradamente en las cuchetas y en el cockpit estamos nosotros dos, ambos sabemos que un litrito per cápita de cerveza helada no nos hace nada apenas nos mejora el humor, el trapo no necesita trimado y el automático lleva el barco a rumbo, entre anécdotas, comentarios varios y algunos cigarrillos nos chupamos dos tubos de Quilmes........el efecto del alcohol ayudado por la fresca de la madrugada me hacen pensar en un cafecito cargado para aguantar la guardia y caliente para ahuyentar el frío que se avecina antes del amanecer.

- Che culeao, por qué no te haces un cafecito (frotando las manos como claro gesto de fresquete exagerado)

- Sí che, se hace necesario (el culeao se manda lentamente a la camareta)

Todos sabemos que entre la cerveza y el pis hay sólo 15 minutos de diferencia, entonces me levanto (el culo me pesa un poquito más a causa de la alegría generada por la cerveza y un estomago vacío) me acerco al balcón, me peleo con mi pantalón de agua, el polar, el cinturón y la bragueta del jean que siempre se traba, de golpe una leve, pero muy leve escorada causada por el culeao que se estiró a babor tratando de llegar al frasco de galletas que estaba detrás de la cocina hizo que pierda el equilibrio haciendo que me deslice lentamente al agua, medio de cabeza con los pantalones hasta las rodillas, y las manos en el lugar equivocado.

Al ratito, no más de dos minutos el culeao sale con dos tazas de café y unas cuantas galletas en la mano, ahí se da cuenta que el ruido que escuchó era mi caída.

Me encontraron dos meses después en una playa desierta al Este de Jesus María, cerca de las barrancas de San Gregorio, me reconocieron por mis tatuajes, el del brazo Derecho dice "Buenas" y el izquierdo dice "Malas"

Versión 2 de la misma historieta.

Todo igual hasta la salida del culeao de la cabina.

El culeao mira el cockpit vacío y se asusta, asoma la cabeza para ver la cubierta y se le va el efecto de la cerveza con la velocidad del rayo, pero antes de alertar al resto de la tripulación alcanza a escuchar un extraño sonido gutural que venía desde la popa, mira nuevamente y alcanza a ver mis dos patas que asomaban por arriba del balcón aún con los pantalones hasta las rodillas, corrió los tres metros, me agarró de las patas y tiró lo que las carcajadas le permitían, el espectáculo era bochornoso, los pelos mojados, el pitilín al aire casi estrangulado por el arnés que me sostenía desde la cornamusa de popa, el fuera de borda vomitado de cerveza y algunos restos de Club Social Pizza hacían que la situación sea una verdadera porquería.

Luego de mucho esfuerzo el culeao logró ponerme de vuelta en el cockpit, entre carcajadas y algunas quejas del resto de la tripulación que ignoraba lo sucedido pudimos tomar el café con galletas.

Dicen que es malo beber cuando se navega, yo digo que beber es generador de buenas anécdotas....lo malo es no usar arnés.


XICU

Cuento de G. que quiere permanecer anónimo



-1-
El hombre se detuvo bajo la lluvia al borde de la vereda. Noche de perros, nadie en la calle, o por lo menos, nadie que él viera; y en realidad no notaba a nadie ni a nada, toda su atención centrada en el agua que corría tumultuosamente por el borde de la acera.
Allí, un pequeño botecito con una gran vela cangreja se desplazaba velozmente. Era poco más que un trozo de caña hueca cortada horizontalmente al medio, con un trozo de madera por palo y algo semejante a un escarbadientes como pico de la vela.
Saltaba sobre las aguas que corrían frenéticas en la cuesta abajo que hace la avenida Santa Fe, llegando a su cruce con Paraná.
El barquichuelo volcaba por la fuerza del viento y el agua, pero con un estremecimiento volvía a adrizarse y continuar su carrera. Cada tanto un obstáculo cerraba su camino: una piedra del fondo desparejo que formaba un enloquecido rápido en el agua, una basura que impedía el paso. Una voltereta, un brinco, una tumbada y, de inmediato, nuevamente la vela llena y en carrera, todo a una velocidad increíble.
“¿Qué pasará cuando llegue a Paraná y se termine la barranca?”. La sombra al borde de la vereda caminaba a grandes zancadas para mantenerse a la par del objeto que centraba toda su atención. No es que le preocupara, en realidad no sabía qué estaba haciendo allí ni se había puesto a pensarlo.
“¿Se detendrá? ¿Se hundirá? ¿Desaparecerá?” Las preguntas surgían como si otro las estuviera haciendo, pero allí no había absolutamente nadie ni nada más.
Siempre veloz, con cabriolas inconcebibles, el juguete que posiblemente algún niño descuidado había dejado en un jardín, llegó a la esquina fatal…
Boquiabierto, vió como aparecía otra pequeña navecilla y se ponía a la par de la anterior, que trataba afanosamente de encontrar de nuevo su camino en aguas repentinamente más calmas.
La recién arribada era tanto o más pequeña que la anterior, pero aún más ágil. Quizás sus formas más bellas, y que no tuviera vela alguna, le permitían navegar mejor las aguas revueltas de la lluvia.
“¿Y ahora qué hace?” Si bien era algo totalmente asombroso, para el observador no fue nada excepcional que ambos barquitos doblaran la esquina, y empezaran a navegar contra las aguas que, desde la Panamericana, se dirigían velozmente hacia el río, todo el camino cuesta abajo.
Pero ahora no era uno solo sino dos, y la última navecilla era algo realmente increíble, algo fuera de este mundo. Avanzaba velozmente, adelantándose a su compañero que aún portaba su vela y cuando algún objeto o peligro se presentaba en las torrentosas aguas, rápidamente se ponía delante para indicarle al otro por dónde debía pasar con seguridad…
De pronto, una mano anónima que pareció surgir de la oscuridad, aferró la navecilla guía y la arrojó a un costado de la vereda, donde quedó tirada, inutilizada. Su compañero, perdida toda guía, daba vueltas pegando su proa contra el cordón de la vereda, una y otra vez, hasta que con un asombroso salto, consiguió rebasar el cordón de la vereda y caer cerca de su compañera. Allí yacen los dos, terminada la magia que los había hecho tan atrayentes, tan especiales. No podía ser posible, pero la congoja y desesperación impotente era algo perfectamente perceptibles, casi algo sólido que golpeó al observador en las sombras.
Las luces de la calle Paraná se hacían más intensas, casi encegueciendo al hombre que contemplaba, cuando con un batir de blancas alas la navecilla toma a su protegido y lo lleva por el aire …



-2-
El sol había hecho su aparición por el este, ahuyentando la oscuridad de la noche.
Victor Kursin, aún medio dormido, se removió tratando de alejar la luz de su rostro.
Pero no había caso, era pelear una batalla perdida de antemano. Aunque pudiera arrebujarse en las mantas, ocultando su rostro para recuperar algo de la oscuridad cómplice que la luz había hecho huir, sabía perfectamente que no iba a poder pegar más un ojo.
El extraño sueño que había tenido, y del que recordaba vívidamente cada detalle, no era para él tan estrafalario.
Permaneció recostado boca arriba, mientras los recuerdos acudían a su mente como imágenes que se iban sucediendo una tras otra, sin interrupción y sin pausa.

Había tenido una niñez feliz, al norte del Gran Buenos Aires. Su madre trabajando en lo que pudiese para mantenerlo, su padre… No, nunca había conocido a su padre que los había abandonado al poco de su nacimiento. Pero bueno, había tenido muchos amigos con los que había pasado grandes momentos. Si bien nunca había sido un alumno brillante, había terminado la escuela primaria sin grandes esfuerzos. Luego vino la mudanza, que lo alejó de todo lo conocido y hubo de comenzar de nuevo. Nuevas amistades, colegio secundario nuevo, su mundo se había vuelto algo más complicado y en él no había cabida para los niños del barrio de la infancia. Nunca hizo verdaderos amigos en los años de la secundaria, tampoco sobresalió como estudiante. Solo era correcto, educado y cortés con todos. Al cabo de cinco años tenía bajo el brazo el diploma de “Bachiller”, en la mejilla un beso de su orgullosa madre y por delante un incierto porvenir.

Puesto que había que elegir profesión, se decidió por la contabilidad, sólo porque tenía facilidad y memoria para los números, y porque la facultad de Ciencias Económicas quedaba cerca de su domicilio, con lo que podría ahorrarse el dinero del viaje. Antes de terminar el primer año, su madre había enfermado, “ectomoplastosis”, o algo tan impronunciable como esto, dijeron los médicos; que también dijeron que había sido detectado a tiempo para su tratamiento. Sin embargo, ella había fallecido antes de transcurridos dos meses.

Después de esto, la vida de Victor había sido un continuo ir y venir, todo había pasado a ser nada más que una lucha por sobrevivir. Pasó de un trabajo a otro: lavacopas, mozo, pintor de brocha gorda, taxista, etc. Los estudios continuaron, pero sólo consiguió recibirse tras doce años de peregrinaje por todas las materias y sus correspondientes mesas examinadoras. Sus recuerdos de esos años eran tan sólo algo vago, sin precisión de fechas, sin momentos felices ni demasiado aciagos, sólo “habían pasado”. A los 28 años, y debido a sus estudios ya avanzados de Economía, había conseguido trabajo en una consultora especializada en asesorar a grandes corporaciones sobre cómo evadir mejor sus obligaciones impositivas. Ya con su diploma universitario, sumado a su natural habilidad con las matemáticas, fue ascendido a gerente de cuentas y pudo disfrutar, por primera vez en su vida, de algunas de las ventajas de tener dinero en el bolsillo.

Fue entonces cuando un amigo le presentó a Ximena, “A ver si entre huérfanos se entienden”, y sin saberlo, cambió su existencia para siempre. La vida había vuelto a Victor una persona parca, de pocas palabras, de risa difícil, alguien que, por los golpes recibidos, era usualmente catalogado como curtido en el arte de sobrevivir, un hombre que había superado todos los obstáculos con gran esfuerzo pero perdido la alegría en el camino. Y Ximena era como una liebre que corretea libremente por los campos, plena de vida, la sonrisa siempre rampante en su rostro agraciado de grandes ojos verdes enmarcado por rebeldes rulos rubios.

Xicu, como Victor la llamaba, le marcaba el camino a seguir, calmaba su cansancio con un beso en la frente y unas palabras susurradas en el oído.

Se casaron al cabo de dos meses, sólo por civil, con unos pocos amigos como invitados pues ninguno de los novios tenía familia. Desde entonces, Victor disfrutó, por vez primera en muchos años, de tener un hogar. Fue por insistencia de Xicu que renunció a la consultora: “Allí solo te consumirás viendo cómo se te pasa la vida… Haz con ella lo que desees, disfrútala que es una sola…”.
Comenzó entonces a hacer lo que más le gustaba: Enseñar matemáticas. Consiguió unas cátedras en un colegio secundario cercano a su domicilio y era feliz explicando a sus alumnos, en términos que pudieran entender, el maravilloso milagro de los números. Les contaba cómo todo lo que nos rodea puede ser representado con distintas fórmulas y ecuaciones. Una vez, sin que sus alumnos siquiera se diesen cuenta, les había explicado con ejemplos sencillos la Teoría de la Relatividad de Einstein… Y les había gustado… Claro que hasta que les dijo de qué se trataba, y que el próximo examen sería sobre este tema...

Pasaron casi dos años. La vida de Victor transcurría tranquila, sin grandes sobresaltos, aunque con algún que otro problema de dinero, que nunca alcanzaba. En esos momentos, su mujer (él siempre decía que nunca sería su “esposa”, que ella era mucho más que eso, que era su “MUJER”), hacía unas artesanías que vendía entre sus amistades y el problema se resolvía. Nada faltaba en la vida del hombre, hasta había comenzado a compartir con su compañera lo que a ella le apasionaba: Navegar a Vela.

Al volver una tarde de sus clases, encontró ante la puerta de su casa a un agente uniformado:
- “¿El señor Victor Kursin?”
- “Sí, oficial, ¿En qué puedo servirle?”
- “Por favor, acompáñeme al hospital Pirovano. Su esposa ha tenido un accidente y lo necesita.”

La tierra pareció abrirse bajo los pies de Victor. De pronto el soleado día de primavera se había vuelto sombrío y todo a su alrededor pareció desaparecer tras un velo.

Mientras se dirigían hacia el hospital, el agente le informó que esa tarde, cuando ella salía del banco y cruzaba la avenida Cabildo en un semáforo, un conductor en estado de ebriedad había estrellado su vehículo contra una camioneta parada por la luz roja, y esta última había atropellado a la señora.

Xicu estaba internada en grave estado, aún consciente, pero dopada por los sedantes. Victor se aproximó a su lado como un autómata, totalmente frío por dentro, como si él no estuviera allí sino en un sitio muy lejano. Le aferró la mano y se la llevó a los labios. Ella se esforzaba por decirle algo, así que aproximó el oído a la boca de ella que sólo dijo:
- “Ahora podrás hacer realidad cualquier sueño…. Siempre te amaré y estaré contigo…”
La mano que aferraba Victor se hizo flácida. Volvió sus ojos al rostro de su mujer y llegó a divisar un esbozo de sonrisa ¿sonrisa cómplice? Imposible, pero así le pareció.

Los días siguientes pasaron como un torbellino de eventos que no parecían tener nada que ver con él: el velatorio, el entierro, la firma de miles de papeles que no sabía ni qué eran, los amigos saludando, las condolencias de las autoridades, profesores y alumnos de la facultad.
Pasaron dos semanas hasta que tomó real conciencia de que Xicu no estaba más allí, que nunca más lo estaría… Fue cuando sonó el portero eléctrico y una persona que dijo llamarse “Dr. Buren, del estudio Archey” solicitó pasar a verlo.

Fue este “Buren” quien le dijo que debía pasar por el estudio a firmar unos papeles para poder empezar a cobrar el fideicomiso.
- ¿De qué fideicomiso me está hablando?
- ¿Es que no lo sabe? Disculpe, pensé que la señora Scolla le habría dicho. La última vez que pasó por las oficinas, nos dijo que entre ustedes no había secretos…

La “señora Scolla”, terminó contando el Dr. Buren, era depositaria de un fideicomiso, que su estudio administraba.
- ¿Pero de qué me está hablando? - Exclama Victor en el colmo del asombro ante la cifra, absurda, que menciona el otro - ¿Es que pretende burlarse de mí?.
- Le pido perdón, nuevamente, pero no. El dinero le había sido heredado por su padre, del cual hacía años que la señora estaba distanciada.
Y no - No sabía por qué era que estaban distanciados, sólo que hasta hacía algo más de un año y medio atrás, la señora nunca había querido recibir ni un solo centavo de su herencia. Los beneficios que anualmente el estudio obtenía de las inversiones que hacía con este dinero, ya descontada su comisión, y siguiendo instrucciones de la señora se empleaban para mantener un importante número de comedores y salas de atención médica para niños carenciados. Desde hacía un tiempo, de tanto en tanto, traía al estudio unas hermosas artesanías que ella misma elaboraba y que regalaba a cuantos quisieran una, y retiraba algunos pocos pesos de sus fondos.

Como fuese, una vez firmados los papeles de la transferencia de titularidad, Victor signó la autorización para que los fondos se siguieran manejando de igual manera que hasta el momento.

Antes de despedirse, le entregaron un sobre que contenía una carta para él. En ella, Ximena le pedía disculpas por haberle ocultado lo del fideicomiso. Todavía sin poder salir del asombro, releyó por tercera vez:
“… Mi padre hizo una fortuna con el comercio de armas y el contrabando de animales. Yo tenía 22 años cuando partió de Buenos Aires sin despedirse, dejándome sólo lo necesario para mantenerme y continuar mis estudios. Al año siguiente me enteré del origen de su dinero, y supe que cada vez que lo tocaba me ensuciaba las manos. Nunca más quise tener nada que ver con él, dejé los estudios y empecé a trabajar. Cuando mi padre falleció y no pude ya desentenderme de su herencia, invertí cada centavo que recibía en tratar de hacer tanto bien como él había hecho mal.”



-3-
Bueno, basta de recuerdos… Hora de levantarse, desayunar y ver cómo andaba todo.
Apartó las cobijas y se levantó de la cucheta. Calentó agua para unos mates amargos que acompañó con unas galletas, y salió a cubierta por la escotilla para echar un vistazo al horizonte.

El “XICU”, un sólido velero de dos mástiles que había adquirido con el producto de la venta de sus bienes, en especial la casa en que viviera los últimos años y donde los recuerdos de su mujer lo agobiaban, se desplazaba suavemente por un mar de grandes ondas de color azul profundo, las blancas velas henchidas de viento semejaban grandes alas de un ave en vuelo.

Hacía más de un año que había zarpado, solo, sin despedidas, no dejando nada a su popa, buscando dejar detrás el dolor. Había navegado por el Atlántico, el Caribe y ahora nuevamente el Atlántico, siempre en busca de lo que se ocultaba más allá del horizonte. Conoció las calmas de la zona ecuatorial y las borrascas del Caribe. Los últimos días habían sido realmente duros, con olas inmensas que llegaban como trenes y el viento aullando en la jarcia. Pero ahora el sol brillaba sobre el horizonte, las nubes se habían disipado y el mar, si bien aún con grandes ondas, lamía suavemente las bandas del barco llevado a buen ritmo por un timón automático.

Se preguntaba hacia dónde lo llevarían el viento y las mareas… Por el compás, sabía que se dirigía al este – Hacia algún punto entre España y el noroeste de Africa, supongo – No importaba, no tenía planes para ningún destino en particular. Además, sabía que XICU lo llevaría al destino que quisiese, sin importar cuál fuera éste.

Mirando hacia popa la estela dejada por la nave, volvía a su memoria la última frase de su mujer:
- “Ahora podrás hacer realidad cualquier sueño”
Y, mientras ajustaba las velas, el viento soplando entre la jarcia agregaba:
- “Siempre te amaré y estaré contigo”
Mentalmente, tomó nota que se había equivocado al escribir en su diario que navegaba solo…

NO SE OLVIDEN DE MI


por Jorge Kohen
ABRIL DEL 2010

1.-
El sector donde tenía que buscar, estaba al borde de unos médanos, muy cerca de la playa, unas matas de tamariscos secos, raídos, pero firmes protegían de las brisas y los vientos del sudeste. El lugar no podía ser más relajado y sugerente, la tarde se escurría, era el momento de empezar. Un farol me acompañaba por si oscurecía, estábamos en invierno, por la hora, tenía tiempo.
Con los datos que me dio Ramón, ahora trabajando de puestero en Trenque Lauquen no le podía errar. Estaba entusiasmado.
El me dijo: Siguiendo la calle que llega a los médanos y donde se corta con la que bordea la playa, vas ha encontrar la tapa de una cámara, de esa tapa a cuarenta y ocho metros esta la zanja y dos metros hacia la izquierda mirando el mar el lugar que tenés para buscar.
Y me dio el porqué de tanta precisión. Desde el medio de la calle paralela al mar, donde estaba la cámara, había cincuenta metros hasta una zanja que tuvieron que hacer para el tendido de una cañería de agua que abastecía a los chiringuitos de la playa.
Cuando hicieron la zanja empezaron mal, habían marcado con la cinta del capataz.
A la cinta del capataz le faltaban dos metros, que se le habían roto de pisotones y torcidas, pero como le tenía mucho cariño -era una cinta inglesa que le había regalado su tío- la conservaba, teniendo siempre la precaución de agregar dos metros a cada medida.
Era fácil, si tenían que medir ocho el tenía que clavar la estaca o la marca en los diez, si eran doce, marcaba a los catorce y así , pero cuando marcaron con Ramón no iba el capataz, sino el que le seguía, se llamaba Sergio, un muchacho voluntarioso, movedizo y siempre apurado. Ese dato lo conocía, pero en el apuro no agregó los dos metros que faltaban, sino que marcó directo a los cuarenta y ocho y eran cincuenta y ahí empezó la zanja, de un metro de profundidad y del ancho mínimo que se pudiera cavar.
Ramón empezó con el entusiasmo de todos los principios, mientras Sergio fue por más gente. Cuando había hecho dos metros de zanja sintió que la pala golpeaba algo metálico, muy fuerte, otra punteada y las chispas explotaron en el pozo.
Un grito casi simultáneo se escuchó desde la esquina, ¡para! ¡para ! era Sergio, el corazón de Ramón se aceleró sintió hielo en la espalda, pensó que habían visto las chispas y adivinado su emoción y la sospecha de que algo valioso se encontraba bajo la arena.
- ¡Marqué mal! -gritó Sergio y el grupo avivo el paso.
Ramón suspiró de alivio y disimulando tapó con el pie y con arena, lo que había descubierto.

2.-
Los trabajos concluyeron, el tendido de la cañería se terminó, pero el pensamiento de Ramón quedó abierto al misterio. ¿Qué sería esa punta, imaginaba, algo redondeado, una esfera, un hierro doblado?
Había tomado una decisión, el sábado siguiente y antes de volver a la casa de sus padres en General Madariaga, iría al lugar, para ver de qué se trataba.
Se llevó un balde, una pala y un poste de metro y medio de largo, para cavar un pozo y colocar un cartel. No quería despertar sospechas.
El sábado llegó y estuvo muy temprano en el lugar, llevó la pala, el balde y el poste al que le había agregado una tabla con un dibujo de una curva a noventa grados. Si alguien se acercaba, él diría que como buen vecino quería indicar aquel cruce peligroso, sobre todo, para algunos cuatriciclos y bicicleta que se animaban a ir por la parte dura de la arena.
Inició el pozo. No había moros en la costa, se concentró al máximo, y en poco tiempo descubrió el misterio.
Una argolla pasaba por un grillete o arganeo en la cabeza de un ancla.
Un ancla de las que llaman de cepo, era la fortuna que estaba enterrada o enarenada en la playa. Ramón no sabía de nombres de anclas, pero yo que lo cuento sí.
Siguió el cepo, la chaveta y la bola: no había dudas, era un ancla completa y muy valiosa imposible de retirar en ese momento y menos aún sin despertar la curiosidad de los que ya empezaban a merodear la zona, para disfrutar de un nuevo día de playa.

3.-
Esos eran los preciados y precisos datos que tenía de Ramón.
Me los dio a mí, porque sabe de mi pasión por los barcos.
Somos compinches de muchos momentos y tengo crédito para gastar, por las manos que le di en changas y trabajos.
No era un tema de cuentas, pero pesaban muchas salvadas en feos momentos de Ramón.
El punto es que sabía que llevaba muchos años trabajando en el barco y de todas las fichas que le había puesto a ese sueño.
Ramón pensó enseguida en mí y en que pudiera necesitarla. Un ancla siempre es necesaria y nunca esta demás, no se cual será la cantidad que hay que tener, si dos o seis. Pero a bordo es un tripulante bienvenido. Y fui por ella.
Habían pasado varios meses y planificado el viaje.
Con esos datos, pala, farol por si oscurecía y con un frío que guardaba a los curiosos marqué, e inicié el trabajo. Un par de punteadas en un pequeño círculo de mas o menos un metro de diámetro dieron con el lugar preciso, luego fue una hora de trabajo para descubrir y desencajar el ancla. Tenía una emoción que siempre se tiene en el agua, al soltar amarras, dejando libre el barco, el alma inquietada, al ir por otras derrotas. Siempre pensamos cuando navegamos que estamos viviendo las horas mas justas, porque lo que nos dice nuestro círculo natural es siempre verdad y nuestras respuestas tienen que ver con ese código, lleno de conducta y sinceridad.
¡Esta vez libre!, lo gritaría en tierra. Las acciones que siguieron fueron: atarla con un cabo de fondeo, y moverla un poco, después de tantos años de espera.
Fui por el coche y atándola del cáncamo, fue fácil desprenderla de su cariñoso encierro. La subí, con bastante dificultad, pesaría unos cuarenta kilos.
Sólo un señor vio la movida y con buena voz me preguntó
- ¿Que encontró?
– Un ancla, le dije
– Que bueno! sonreía, ¿que va hacer…….. ¿va al jardín?
-¡Noo, tengo barco, va a seguir trabajando!
- ¡Que alegría ! ¡Vaya rápido... a ver si algún pelotudo la quiere llevar a la muni o algún museo!
Partí feliz, tranquilo, contento de lo hecho y del tesoro que llevaba.

4.-
Mi barco es un velero de doce metros, veloz y seguro. Mi próximo rumbo, la isla de Fernando de Noronha, en el Océano Atlántico, a 195 millas al este de Recife, Brasil.
La puesta a son de mar, tenía detalles pendientes, pero nada importante para no dormir. La maniobra, el motor, palo, jarcia, velas estaban pronto para la partida. Tenía cartas de toda la zona, compás, ecosondas y un GPS viejito pero confiable. Además de la lista interminable de vituallas.
Navegar para mí es, compartir el viaje con lo que pasa, sin muchos planes, vamos juntos con el tiempo. La inmensidad del mar, del cielo, de las costas. Esa es la atmósfera que se reúne alrededor del barco, es la base de la información.
Mirar, entrar al espacio protector del barco, de su cálida cabina. Ir a la carta marcar la posición, salir al copy, mirar, otear en derredor, volver y así un ida y vuelta permanente.
Atento a lo vivo, a lo vital.
Se que es así, porque así navegué muchas millas, las disfruté en mi soledad y con tripulación y en la vuelta, el puerto amigo que espera, para compartir la alegría del encuentro. El trofeo ganado a la derrota.

5.-
Ricardo que me había visitado en mi amarra de San Fernando, me trajo una lista de instrumentos para que pensara cuales podría llegar a necesitar y ver de que manera los instalábamos, para tener un viaje lo más seguro y comunicado posible.
Me dijo, los probás en la próxima salida, y después me decís. Con las últimas palabras me entregó para que fuera viendo, un paquete de catálogos y manuales. Sentí que me entregaban los programas de examen de una tediosa carrera, un expediente desarchivado después de mucho tiempo, sentí un peso, una dificultad a salvar, más que una ayuda.
¿Los tribunales arriba del barco? ¿La mesa examinadora ? Había que estudiar mucho, profundamente complicadas configuraciones, eran las sagradas escrituras de estos tiempos.
Antes de irse me dijo, anda viéndolo, yo después te explico, es fácil.
Yo cuento esto con ventaja, porque se lo que pasó, pero él lo decía estando seguro de que una vez que los usara no podría desprenderme de ellos.
Si los celulares y los teléfonos, los msn y el chat, los mails, o los satelitales, las epirb y los emisores de GPS, son cordones digitales, que te enredan, te atan de lo que te querés desprender. Si tan comunicado con los otros y los otros con vos queremos estar, no salgamos. No partamos.
Debemos quedarnos al lado de la mesita, con todos los aparatos para llamar, para que nos llamen, para ver y para vernos.
No te vayas. Irse es partir, alejarse, salirse. Vivir otro estado. No te vayas, no navegues, no te marches... No te apartes. Navegante.
Enchúfate a los manuales, prende tu llave, enciende el chipp turbo digital de tu cabeza, que por allí van los aires de estos tiempos. Ese es el cuadrante tecnológico que predomina, es constante y no baja su intensidad.

6.-
Ricardo se dio cuenta a mi vuelta, de que la prueba de mar se había hecho y muy bien hecha estaba, y que los manuales ni los había abierto, sin embargo volvía muy sonriente y relajado.
Inteligente y sensible, me abrazó y me dijo:
– Negro: ¡que tengas buenos vientos! En la semana paso a buscarlos. Se refería claro, al equipamiento electrónico y a los manuales.
Él estaba seguro que yo no entraría por esa puerta y yo estaba feliz de no hacerlo y de seguir interrogando al medio como si pudiera escrutar y encontrar alguna respuesta, sin tener certezas.
Es cierto que la aparatología es de precisión, pero si la vida y el devenir de los momentos no la tiene, para que la quiero en las isobatas, en los sexagesimales y en los hectopascales.
Quiero equivocarme para tener una bronca y acertar para tener una alegría.
El riesgo y lo imprevisible son amigos de los sueños y lo inflexible deforma al espíritu y a la inspiración.
El ancla de Ramón estaba estivada.
Un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar.
Todo bien trincado, meses me llevaron “insonorizar”ª el barco de sus escondidos ruidos, en movimientos y pantocasos.
Mis ojos recorrían los tiempos y las imágenes pasadas, cada motón era un recuerdo, cada cabo una anécdota. Pero no era tiempo de nostalgia, sino de mirar hacia adelante y partir.
Hacia atrás quería ver una estela orgullosa, una última imagen de lo que se dejó bien hecho, no quiero telarañas virtuales que me sigan.
Corté el nudo, como era tradición. Le pegué a la última piedra de la banquina y partí.
No contaré en estas páginas los muchos años de navegación y los avatares de puertos y singladuras. Para ello están mis libros.
Quiero sí decirles que nunca me olvido de Ricardo y de sus premoniciones digitales, hoy totalmente confirmadas
Hacía varios años de mi partida cuando, sin imaginarlo, nos encontramos en un puerto de Brasil, cerca de Recife. Exagerados como somos, yo en mis reservas y el en su extroversión, estuvimos unas horas hablando, escuchándonos, y golpeándonos de cariño. Y claro, aparecido nuestro viejo entuerto sobre lo digital y lo menso digital de la navegación.
Fue firme y contundente.
- No te voy a contar nada, pero nada –me dijo. Seguro de que contaba con una carta imbatible.

7.-
-¿Cuantos días te quedas? Me preguntó.
- No tengo plan, le dije.
-Bien, en dos días salimos en mi barco y te muestro lo que tengo en mi mesa de navegación.
- De acuerdo.
Y quedo el compromiso de navegar juntos.
Tenía en su mesa de navegación digitalizada e interfaseada, un programa en 3D, con todas las opciones satelitales de información. Todo se veía tomado por satélite, en un plasma de alta definición: las playas, el agua, las islas por donde navegamos, todo estaba como cuando surgieron. La cantidad de datos que aparecían al toque de botón, era abrumadora.
Perfección total a la que ya me había desacostumbrado. Orden y refinamiento virtual. Sonido, color, zoom.
Tenía incorporado al programa una configuración, que representaba su barco, pero no era un punto o una marca, era su barco. Impecable, orzando, planeando, en aguas azules y verdes en medio de una flamante espuma blanca. Una navegación cinematográfica que era muy difícil de superar por la realidad misma y además, dentro de tu mismo barco.
Resumiendo lo que se hacía y por donde, se veía traducido a la exquisitez en la pantalla, informando en todo momento lo sucedido dentro y fuera de la embarcación.
Era raro vivir a través del plasma lo que pasaba, depurado por la digitalidad.
Si navegabas un rato por esos escenarios te empezaba a costar ver el mar, la costa y tu entorno, el estado en que estaba.
Sentí mi navegación como más rústica. Distinta, muy distinta. Yo me acercaba al deterioro del ambiente. El se alejaba y veía un mar inmaculado.
El barco navegaba a diez, doce nudos con viento de través.
Fondeamos en la costa de sotavento de la isla Coroa Vermelha.
Salí al copy y no sabía como habíamos llegado, pero estaba aturdido de ver en la pantalla una navegación astuta e ingeniosa disimulando la realidad.
La recalada con un fondeo desconocido para mi, fue perfecta. Un astuto injerto de giróscopo cruzado con GPS, sumado a unos pequeños motores omnidireccionales dejaron al barco clavado, sin “fondeo” .Se escuchaba de ves en cuando la acción de un motor para compensar la posición , igual que un timón automático.
Me pegó tanto cambio, a lo que conocía y sabía.
Destapemos un vino, le dije, es la única forma de solucionar estos anticipos.
Ricardo contestó con una bruta carcajada, como era su costumbre cuando ganaba.
Fue como un telón que cayó, una bisagra que separaba dos pasiones.
No iba a cambiar, vivía un momento épico y decisivo.
Definitivamente no quería nada de esos aparatos que alteraban, descomponían todo,
no eran de mis afectos, no me servían para mis sueños.
La fábula vira para ese lado, la mía para el otro.
La comida en el plato, el zapato en el pie, mis ojos en tus ojos. Eso es lo que me sirve.
Volví a mi barco y lo primero que hice fue abrir el tambucho de babor, donde estaba el ancla de cepo, el ancla de Ramón, con sus doscientos cincuenta años de espera. Quería tenerla y fondear con ella. Que hiciera cabeza, que sintiera su trabajo.
Saqué los cabos, levanté el ancla y me abrumó e inquietó un pensamiento : “No te olvides de mí,” una y otra vez… No te olvides de mí. Fue como si se disipara la niebla y en segundos surgiera todo lo nuevo, nítido, trasparente, verdadero.
Mi padre también me dejo escrita esa frase: No te olvides de mi. Fue un pensamiento abarcador, un sentimiento atolondrado, que nublaba mis decisiones y juicio, no podía pensar con claridad, tenía una verdad sustancial y esencial en mis manos. Que es lo mismo que decir en mi vida.
¿Olvidarme? ¿Olvidarme de mi padre ?, ¿olvidarme de mis anclas ? ¿olvidarme de la desmesura y de la esencia ? `¿de las lágrimas que queman, de la verdad ?
Solté amarras, y partí.
Volví a pensar en Ramón, y en mucha gente que conozco.
Mirando la proa vi el mundo que me tocó, el mundo que quería ver y que me veía frente a frente. Y no me olvidé.